El milagrucu
La historia de "La Hostia Visible"
tuvo una introducción larga que atrajo poca atención.
Desde el 18 de junio hasta el 17 de julio de 1961 hubo cuatro semanas
de apariciones que incluyeron, el 4 de julio, la enunciación
de un mensaje, (para el 18 de octubre), que debía permanecer
secreto aún por tres meses y medio. Luego ocurrió la
separación de las niñas cuando Conchita fue a Santander
por unos días, durante los cuales ella tuvo en esa ciudad una
aparición de Nuestra Señora, al mismo tiempo que las
otras tres videntes veían a la Virgen en Garabandal, y Ella
les dijo que Conchita también La veía.
Para algunos bastaron estos
hechos para convencerlos de que Dios estaba realmente manifestando
Su poder en Garabandal. Pero muchos otros, en particular los representantes
oficiales de la diócesis, algunos sacerdotes, médicos,
psicólogos y en general el público curioso, encontraron
estos eventos demasiado intangibles para ser convincentes, e inclusive
sugirieron la posibilidad de una ficción urdida por las niñas.
En vista de ese estado de ánimo, las videntes comenzaron
enseguida a implorar a la aparición para que hiciera algún
milagro para inducir a la gente a creer. Esta petición parece
haber sido hecha por primera vez el 30 de julio por Conchita, estando
aún en Santander.
Los milagros ya habían comenzado
Pero la recepción de Hostias invisibles
ya ocurría desde una fecha anterior, tal vez desde el 11
de julio. Comenzaron por ser obleas no consagradas, pero luego fueron
reemplazadas por Hostias consagradas, obtenidas al parecer por el
arcángel San Miguel en los tabernáculos de iglesias
no identificadas. Cuando estas Hostias eran entregadas a las niñas,
eran invisibles para los demás. Los milagros ya ocurrían.
Desde el 30 de julio de 1961 hasta fin de junio
de 1962, las jóvenes insistieron frecuentemente en pedir
un milagro y en ese período la aparición, que ahora
identificamos como Nuestra Señora, convino en que se produciría
uno, pero no dijo cuándo. El 8 de agosto de 1961 Nuestra
Señora mostró el “gran” milagro que debía
tener lugar en Garabandal al P.Luis Andreu que se encontraba en
éxtasis con las videntes. Al día siguiente, a eso
de las 4 de la mañana, cuando regresaba a sus obligaciones
religiosas, este sacerdote que gozaba de perfecta salud murió
súbitamente de alegría. El 16 de agosto del mismo
año las videntes tuvieron su primera locución con
el P. Luis, a la que debían seguir unas diez locuciones más.
A medida que se acercaba la fecha en que
debía anunciarse el primer mensaje, crecían la expectativa
y la excitación. El 18 de octubre amaneció lluvioso,
y siguió lloviendo tétricamente hasta el anochecer,
hora en que se anunció el mensaje. Éste fue sencillo,
no presentó nada de excepcional y no causó ninguna
chispa ni en la comunidad ni en la diócesis. A pesar de las
maravillas que habían estado ocurriendo, resultó una
desilución y, como decayó la frecuencia de las apariciones
en el otoño de 1961, decayó el interés del
público también.
El “pequeño milagro”
Las apariciones se hicieron más frecuentes
durante el invierno y la primavera, pero sin aportar mensajes de
gran importancia. Las niñas siguieron rogando por un milagro,
y esta insistencia resultó en que San Miguel anunciara, el
22 de junio de 1962, un modesto milagro – “milagrucu”,
lo llamó Conchita – a saber, que una de las Hostias
con que comulgaba ella se volvería visible en ese momento.
Una semana más tarde se le notificó que esto ocurriría
el 18 de julio, y que ella podría anunciarlo quince días
antes. Ella cumplió, dando a tiempo aviso a los del pueblo
y escribiendo varias cartas, entre otros al Obispo.
La “pequeñez” del milagrucu
pareció subrayada aún por lo tarde que Conchita entró
en éxtasis, tan tarde que los presentes pensaron que no se
cumpliría con la fecha anunciada. Pero de repente ella se
trasladó aprisa a la calle que pasa detrás de su casa,
seguida por la multitud, cayó de rodillas en la calzada pedregosa,
abrió la aboca y recibió, en efecto, una Hostia visible.
Lo repentino de la aparición de esta Hostia desconcertó
incluso a algunos que estaban directamente delante de Conchita.
Muchos que no pudieron ver la Hostia por estar mal ubicados en la
calle atestada quedaron muy decepcionados y pronto reflejaron la
incredulidad de los escépticos que desde tiempo atrás
voceaban sus dudas sobre Garabandal, con lo que contribuyeron a
las críticas, a las quejas y al descreimiento.
Había transcurrido un año entero
sobre los hechos de Garabandal, se habían producido más
de 200 apariciones, se había prometido un gran y especial
milagro, del que se había concedido una vista anticipada
al P.Andreu, cuyas manifestaciones públicas de asombro probaban
que la había visto. También a Conchita se le había
prometido el “milagrucu” y también éste
se había cumplido. Habían ocurrido hechos extraños
e inexplicables – pero en muchos perduraba la duda.
Esto conlleva una lección sobre nosotros
mismos, que no debemos echar en saco roto.
No percibimos bien las gracias de Dios, ni reconocemos Su acción
benéfica, aún cuando se repite ante nuestros ojos.
Así fue como pasamos todo un año reclamando un milagro,
sin parar mientes en los milagros que estaban ocurriendo.
Muchos testigos
El incidente de la Hostia visible fue ciertamente
uno de los hechos definitorios más destacados de la historia
de Garabandal – y tuvo numerosos testigos. Entre ellos Pepe
Díaz, el finado Benjamín Gómez y el Sr. Alejandro
Damians, con su cámara cinematográfica prestada, fueron
los más claros e inquebrantables acerca de lo que vieron.
El testimonio de Pepe Díaz fue el más
completo de los testimonios orales. Contenía elementos específicos
que identificaban la Hostia visible en su aparición instantánea
como “una hostia normal similar a la que nos da el sacerdote”.
Y eso, precisamente, era. En los dos minutos siguientes aumentó
de volumen – también lo observó Benjamín
Gómez – mientras que a Pepe le parecía centellear
y moverse como algo vivo. La película tomada por el Sr. Damians,
que empezó con algún retraso debido a su sorpresa
ante la repentina aparición de la Hostia y a su falta de
costumbre del uso de esa cámara, también registró
una hostia más espesa que la que Pepe vio aparecer. Hay en
este hecho extraño elementos que bien pueden hacernos dudar
de nuestras prefiguraciones y de nuestra propensión a engañarnos.
La Hostia era, en definitiva, un objeto real y
material. Existía independientemente de San Miguel, como
lo admitió él mismo, y hemos visto tales Hostias elevadas
por los sacerdotes para nuestra adoración en el mundo entero.
Verlas no es un milagro; las vemos en virtud de leyes físicas
naturales que funcionan con toda regularidad para darnos prueba,
a través de nuestros sentidos, de la existencia de esas hostias,
sin suscitar por ello ninguna duda.
Las leyes naturales funcionan regularmente
con tal que no se las obstaculice de algún modo. Cuando uno
se mira al espejo, espera ver en él el reflejo de su cara.
En eso no hay milagro ¿verdad? Pero suponga que uno se mire
al espejo y no vea en él su cara, sino sólo el reflejo
de los objetos que nos rodean. ¡Esto sí exigiría
explicación!
Suspensión de las leyes naturales
San Miguel había estado llevándose
Hostias reales y físicas de tabernáculos de la región
para dar la Eucaristía a las niñas videntes. Estas
Hostias eran, por lo tanto, obleas de pan ácimo materiales,
tocables, visibles y poseedoras de tamaño, espesor y color.
No eran espirituales ni ilusorias, ni habían sido imaginadas
ni hipnóticamente sugeridas. Habían sido sacadas de
tabernáculos reales, llevadas al lugar de distribución,
dadas a las niñas y puestas sobre sus lenguas por la mano
de San Miguel en público, a menudo a la vista de numerosos
testigos - ¡pero nunca las había visto ninguno de ellos!
Esto, entonces, constituye una suspensión de las leyes naturales
por acción divina. Todas esas Eucaristías fueron milagrosamente
ocultas a nuestros ojos. Pero una sola vez, poco después
de la medianoche, el 19 de julio de 1962, se permitió a las
leyes naturales funcionar normalmente y la Hostia fue vista por
varios. El que tampoco hayamos visto nunca al ángel es aceptado
por todos como cosa normal, por tratarse de un ser puramente espiritual,
no perceptible por nuestros sentidos.
Dios nos ha mostrado de nuevo que Él procede
de otra manera que nosotros. Cuando al fin vimos una hostia en la
lengua de Conchita, creímos ver un milagro, mientras que
en realidad era el hecho de no haber visto nunca la hostia hasta
ese día lo que procedía de un milagro – en el
que no creíamos. Durante todo ese tiempo los escépticos
no tuvieron fe en el mensajero de Dios; aún después
de haber visto la Hostia, muchos arguyeron contra su realidad o
pensaron que era un artificio ideado por Conchita. El atraso del
hecho – según nuestra observación fue a medianoche
del 18 de julio en vez de antes de medianoche – se tomó
como prueba de que la Hostia no había sido traída
por un ángel. Razonamiento inconsistente, ya que la hora
no afectaba la sustancia del hecho.
Aún la noción de que el ángel
pudiera medir el tiempo en un sistema distinto del nuestro
no afectaba el hecho. La Hostia estaba allí, al principio
invisible. Dios disolvió el velo que la ocultaba. Esta acción
estaba prometida y se cumplió, en presencia de diversos testigos.
¿Qué más hay que decir?
Seguimos no advirtiendo el milagro
No contribuyeron al impacto del “pequeño
milagro” sus interminables prolegómenos, que duraron
un año, ni el clima de escepticismo acerca de los prodigios
de Garabandal, que persistía, ni la hora tardía en
que se produjo el milagrucu1.
Lo cierto es que pese a los testimonios de Pepe Díaz y Benjamín
Gómez2
y a la película de Alejandro Damians, las dudas quedaron
en pie y aún subsisten hoy.
¿Son nuestras costumbres tan diferentes
del proceder de Dios que no podemos captar o aceptar Sus pensamientos?
Sí, sin duda porque nos confinamos en nuestras capacidades
limitadas en lugar de aproximarnos por la fe a Su infinidad. Tememos
perdernos en esa infinidad, cuando es precisamente la meta final
a que tendemos y donde debemos lograr nuestra perfección.
Frecuentemente vemos a Dios en la Eucaristía,
con Su infinidad comprimida en la oblea insignificante que es la
hostia. Pero no nos maravillamos durante la Misa ante el misterio
de la consagración, el instante en que eso ocurre. Tampoco
la pobre Conchita, en su juventud, pensó que ver la Eucaristía
era un gran milagro – y le llamó “milagrucu”.
Y así todos pasamos por alto el milagro de su invisibilidad
en Garabandal, como pasamos por alto diariamente el portento de
cada consagración, en que Dios se convierte, incluso, en
nuestro alimento espiritual.
Es en realidad ilógico que tratemos
de milagro la visibilidad de una hostia sobre la lengua de Conchita
por un minuto, un hecho natural, e ignoremos su invisibilidad durante
nueve meses de comuniones, que no lo es. Bien puede Dios juzgar
que hacemos poco esfuerzo en comprender los prodigios que obra en
nuestro beneficio. Y también, que poco ha progresado nuestra
fe desde el día de Su crucifixión.
1 El retraso
de la función fue explicado por haber asistido Conchita a
misa el día 18 y haber recibido comunión, por lo cual,
en virtud de la ley eclesiástica, no podía recibir
otra comunión antes del día 19. Lo que no se explicó
es por qué Conchita, que debía conocer la ley y sabía
la fecha fijada para el milagrucu, había comulgado más
temprano el 18.
2 Los testimonios
de esos dos testigos aparecen completos en el libro « Garabandal
– The Village speaks ».
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