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PADRE LUIS ANDREU
Conchita, en una letra anticuada en el 2 de agosto, 1964, escribió esto al padre Ramon Andreu: “en el 18 de julio (1964), tenía un locution en el cual me dijeron que en el día después de que el milagro su hermano (capítulo Luis Andreu) fuera quitado de su sepulcro y de su cuerpo sea intacto.” (en el 14 de septiembre, 1965, Conchita dijeron: “que es lo que me dijo la Virgen bendecida, en un locucion, que el capítulo Luis fuera incorrupto, exactamente como lo enterraron.”
PADRE LUIS ANDREU, S.J.,
El quinto vidente de Garabandal

Por Teresa Tseu
Hubo no sólo cuatro, sino cinco videntes en Garabandal, y nótese que el quinto fue un sacerdote, el P. Luis María Andreu Rodamilans, S.J. Y él no sólo vio a Nuestra Señora, sino que tuvo el privilegio de ver lo que las cuatro niñas nunca vieron, una vista anticipada del gran milagro anunciado por las profecías en Garabandal.

El 8 de agosto de 1961, el P. Luis Andreu subió a Garabandal con un grupo de amigos. Era su segunda visita al pueblo. Esa tarde, las videntes emprendieron una marcha en éxtasis, la primera de las muchas que se sucederían durante el período de las apariciones. Fue una marcha bastante larga, que terminó en los pinos; el P.Luis estaba en el grupo que seguía a las niñas. Posteriormente, Conchita consignó los hechos del día en su diario, como sigue:

“Ya estaba oscuro cuando se nos apareció la Virgen. Al final del rosario, caímos en éxtasis las cuatro y emprendimos una marcha hacia los pinos. Cuando llegamos allí, el P.Luis María, que nos había seguido, exclamó ¡Milagro, milagro! Mientras miraba hacia arriba. Le veíamos, a pesar de que en nuestros éxtasis, nunca vemos a nadie salvo a la Bendita Virgen. Pero a él sí le veíamos, y luego nos dijo la Virgen que en ese momento él estaba viendo el Milagro.”

En su éxtasis, las niñas vieron al Padre arrodillado y le pareció a Conchita que la Virgen le miraba y le decía “Pronto estarás conmigo”.

El P. Luis se fue de Garabandal en automóvil con sus amigos esa misma noche. En camino pararon en Cosio, donde le presentaron al cura de la parroquia, P.Valentín Marichalar. El P.Luis le dijo: “Don Valentín, lo que dicen esas niñas es verdad, pero le ruego no repetir esto, porque la Iglesia nunca puede ser demasiado prudente en esta clase de hechos.” El cura anotó inmediatamente esa memorable observación.

Continuando el viaje con Rafael Fontaneda y su familia, el P.Luis continuó dando muestras de inmensa alegría a lo largo del viaje, exclamando: “¡Qué felicidad! ¡Qué regalo me ha hecho la Bendita Virgen esta noche! ¡Qué fortuna es tener en el cielo una madre como ella! No hay motivo para temer la vida sobrenatural. Las niñas nos han dado un ejemplo de cómo tratar con la Bendita Virgen. No dudo que sea verdad cuanto se refiere a estas muchachas. ¿Por qué nos habrá elegido a nosotros? Éste es el día más feliz de mi vida.”

Cuando atravesaban el pueblo de Reinosa, el P. Luis, que iba sentado al lado del conductor, repitió esas palabras, levantó la cabeza y se quedó en silencio. Fontaneda, que iba sentado atrás, le preguntó si se sentía bien, a lo que respondió que sí, pero que tenía sueño. A continuación inclinó la cabeza sobre el pecho, tuvo una ligera tos y expiró. No tuvo dolor, ni agonía, sino que pasó de esta vida a la próxima con la sonrisa en los labios.

Por supuesto, la muerte del P. Luis fue un rudo golpe para su familia y consternó a los de Garabandal que lo habían conocido, pero los que pensaron que con eso había terminado su intervención en los hechos de Garabandal se equivocaron. En los días que siguieron, las niñas se comunicaron con él. Conchita lo relata en su diario como sigue:

“16 de agosto de 1961.- A las ocho o nueve de la noche nos dijo la Bendita Virgen que el P.Luis vendría a hablar con nosotras y vino en efecto poco después y nos llamó por turno. No le vimos en ningún momento pero oímos su voz, idéntica a su voz terrenal. Nos habló y aconsejó por un rato y luego nos encomendó ciertos mensajes para su hermano el P. Ramón María Andreu. También nos enseñó algunas palabras en francés, alemán e inglés y nos enseñó a rezar en griego.”

E hizo algo más. Su muerte repentina había sobrecogido tanto más a su madre por haber gozado él de salud excelente. El día de su muerte ella estaba pronta con valijas hechas, esperando su regreso para partir ambos de viaje a Alemania. Pero en vez de verlo llegar con su gran sonrisa habitual, recibió la noticia de su fallecimiento. Así, para consolarla, él le mandó por intermedio de las niñas el siguiente hermoso mensaje: ‘Tranquilízate y alégrate, pues estoy en el cielo y te veo cada día’. Poco tiempo después, esta buena madre realizó un proyecto que contemplaba desde hacía tiempo: entró al convento de la Visitación en San Sebastián.

Pero la historia del P.Luis continúa. El 14 de julio de 1964, tres años después de su entierro en el cementerio Jesuita de Oña, en España, la Virgen Bendita le dijo a Conchita durante una locución que después del gran Milagro, el cuerpo del P.Luis será exhumado y hallado incorrupto, tal como estaba el día de su entierro.
El buen árbol da buena fruta
El P. Luis Andreu había nacido en una familia religiosa el 3 de julio de 1923 en Bilbao (España.) Tres de sus cinco hermanos llegaron a ser misioneros jesuitas: Alejandro en Sudamérica, Ramón en California y Marcelino en China – se encuentra aún en Taiwan. El 18 de julio de 1965, durante una misa celebrada en Garabandal por el P.Marcelino, Conchita tuvo una locución en la que La Virgen le dijo que el P.Marcelino y el P. Alejandro verían ambos el gran Milagro.

Como sus hermanos, el P.Luis había presentado su candidatura como misionero voluntario y le habían destinado a China con Marcelino. Pero un jesuita amigo de la familia, viendo que la madre de los Andreu se vería así separada de todos sus hijos, intercedió ante el Superior Jesuita y obtuvo que Luis se quedara en Europa, de modo que su madre tuviera al menos un hijo a proximidad. Cabe observar que esta intervención providencial permitió que a la postre el P.Luis llegara a ser parte integrante de los hechos de Garabandal.

Un sacerdote santo
Recuerda el P.Marcelino un detalle memorable del día en que el P.Luis hizo sus primeros votos, en 1944. Estaban ambos hermanos paseando por los jardines de Loyola con su madre y llegaron a una pequeña ventana de la capilla de la Conversión de San Ignacio, por la que podía verse el altar del Santísimo Sacramento. Allí la madre les dijo de nuevo a ambos cuál era su mayor deseo con respecto a ellos y era que prometieran sinceramente al Señor ante el Santísimo Sacramento dedicar sus vidas a alcanzar verdadera santidad. El P.Luis, con la mano en el corazón y los ojos cerrados, mantuvo un momento de silencio como en profunda oración y el P.Marcelino, que lo observaba, estaba seguro de que su hermano estaba repitiendo precisamente la promesa pedida por su madre, de dedicar su vida a alcanzar la santidad. Los diecisiete años de servicio que prestó en la Sociedad de Jesús fueron un testimonio del cumplimiento de esa promesa.

Cuando el P.Marcelino hizo sus primeros votos en 1946 y se preparaba a proseguir sus estudios, el P.Luis obtuvo licencia para pasar algunos días con él a fin de iniciarlo personalmente en una vida de perfecta dedicación. Dos cosas recalcó especialmente, que dejaron su marca en la mente de Marcelino. Una era que, aunque el gran progreso en los estudios es importante, más importante es la práctica de la virtud y el empeño de alcanzar la santidad. La otra es rezar el rosario, y cómo rezarlo bien. Explicó los quince misterios, con particular énfasis en el de la Visitación, del que dijo ser el perfecto ejemplo dado por Nuestra Señora de la caridad y de cómo debemos, como Ella, vivir nuestra vida para los demás.

Su última carta
En la última carta que el P.Luis escribió al P.Marcelino podemos entrever algo de su personalidad y de la preparación por el sufrimiento que Dios le impuso antes de retirarlo de este mundo. Cuenta el P.Marcelino que en su carta el P.Luis cuenta de sus sufrimientos, de cómo en el año transcurrido todo pareció ir en sentido exactamente opuesto a lo que él esperaba, de que nunca había sufrido tanto. Y sin embargo, en ese último año, los que le rodeaban nunca recogieron seña alguna de sus padecimientos, ya que él se mantuvo en todo momento alegre, de buena compañía, siempre dispuesto a ayudar y pronto a la broma. Bromeando estaba durante su prime viaje a Garabandal, diciendo: “Comamos bien y en abundancia, puesto que dice San Ignacio que cuando están débiles la cabeza y el cuerpo, somos más fácilmente engañados por el diablo.” Pero una vez llegado a Garabandal, cuando vio a las niñas en éxtasis, comprendió que aquello no era juego de niños sino algo muy serio y digno de atención.

El P.Luis era excepcionalmente inteligente y fue mandado a estudiar en Innsbruck, Roma, Ginebra y París. Además de su español nativo, hablaba alemán, francés, italiano, latín, griego e inglés.

Fue ordenado sacerdote en Oña, el 30 de julio de 1955, por el arzobispo Melendro de Anqing (China.) Celebró su primera misa en la fiesta de San Ignacio en la capilla de Loyola. ¡Uno puede imaginarse la alegría que llenaba ese corazón angelical!

Un poco más tarde, cuando recibió su doctorado en teología, el P.Luis ingresó al personal docente de Oña como profesor de teología, y ésa era su posición cuando oyó por primera vez de las apariciones de Garabandal. Su gran amor por la bendita Virgen le impulsó a visitar el pueblo e investigar los hechos. Fue por primera vez el 20 de julio de 1961 y observó el arrobamiento de las cuatro niñas, tomando notas de cuanto veía y oía. Se fue fuertemente impresionado. Una semana más tarde quiso volver para observar más. Lo hizo en ese memorable 8 de agosto, sin prever, por cierto, que se convertiría él mismo en sujeto de mucho estudio, en virtud de los favores especiales que le había preparado Nuestra Señora para ese día decisivo.