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El Castigo
Por el P. Francis Turner
La severa reprimenda que Jesús administró
a sus discípulos cuando Le preguntaron si no debían
apelar al fuego del cielo para destruir una aldea samaritana que
había rehusado recibirLe, (Lucas, 9:53) indica que quienes
guardan su compostura al oír anuncios de castigos tienen
buenas razones para su reserva. Tanto más cuando los enfrentan
aquéllos que se deleitan en anunciar periódicamente
grandes calamidades.
Anda, por ejemplo, un cierto libro de las “visiones”
de un paisano de Francia occidental, que no anuncia sino perdición,
guerras, catástrofes, inundaciones, epidemias y demás.
De otro libro por el mismo estilo han vendido 400 000 ejemplares
en Francia, un país de 55 millones de habitantes. Existe
en ciertos ambientes religiosos un prurito malsano de esta clase,
al que aludió el papa Juan XXIII al abrir el segundo Concilio
Vaticano el 11 de octubre de 1962.
No obstante, debe distinguirse las “profecías
de perdición” de las advertencias divinas dadas en
un contexto de amonestación espiritual y moral de gran alcance.
Tal era el caso en Garabandal.
El primer mensaje de Garabandal encerraba una
seria advertencia: “La copa va llenándose; si no cambiamos
recibiremos un gran castigo.” Cuatro años más
tarde, el segundo mensaje (1965) iba más lejos, diciendo:
“La copa está rebalsando.”
¿Cómo captar el contenido
del “castigo?” Tal vez planteando una serie de preguntas
a esclarecer. ¿Quién castiga? ¿Por qué?
Más precisamente ¿cuál es, primero, la causa
primordial del castigo y, segundo, cuál su propósito?
Mientras buscamos respuestas a estas preguntas podrán surgir
otras, que también habrá que contestar.
¿Quién castiga? Como
Principio Rector que es, Dios, por supuesto, castiga. Esto lo expresa
vívidamente la Biblia y, por así decir, en cada página.
Pero Dios puede valerse de medios, que pueden ser el demonio (1Cor
5:5) o una variedad de criaturas (Sab 11:5) o un ángel (1Cor10:10).
Esto es aplicable al castigo de Garabandal o a cualquier otro en este
mundo.
¿Qué causa el castigo?
Esta pregunta tiene dos respuestas, una desde
el punto de vista del hombre que recibe el castigo, la otra desde
el punto de vista de Dios, que lo administra. Ambos puntos de vista
fueron mencionados en los mensajes formales de Garabandal.
Desde el punto de vista del hombre, la causa del
castigo es el pecado, como bien lo sabemos todos. Todos decimos
que el pecado es causa de castigo. Sería más acertado
decir que es su primera y más íntima realidad, sin
la cual la noción de castigo sería inconcebible. No
nos aventuraremos aquí a explorar la gravedad del pecado,
y nos contentaremos notando que con el pecado todo, cada relación,
ha cambiado.
Pero miremos ahora desde el punto de vista de
Dios. Sobre esta realidad básica, el pecado, que es como
una capa, viene una segunda capa, la ira de Dios mencionada en los
mensajes de Garabandal, especialmente el segundo. La noción
de ira de Dios puede parecer irracional y aún repelente –
y sin embargo la ira de Dios existe. Leyendo el capítulo
30 de Isaías, versos 27 a 33, veremos que no se trata de
una simple metáfora. Por supuesto debemos despojar nuestra
idea de la ira de Dios de todas las imperfecciones que acompañan
las iras de todo ser humano, con excepción de la que a veces
manifestaron Jesús y los santos.
Pero existe. Y constituye la respuesta correcta,
la única respuesta inicial correcta al pecado. Dios tiene
completo control de Su ira, pero le da rienda suelta cuando llega
el tiempo apropiado que ha previsto en Su sabiduría. Surge
de los celos de un amor santo, un amor salvador que pronto se vuelve
perdón (Is. 54:7-ff).
Sobre esta segunda capa que es la ira de Dios,
viene una tercera, la del juicio de Dios, que se puede mirar desde
el punto de vista de Dios, “el juez justo”, y desde
el punto de vista del hombre, que es justamente juzgado.
Toda vez que se anuncia un castigo en al
Biblia, por ejemplo el del pecado original (Gén. 3:14-19)
o el Diluvio (Gén.6: 13) o Sodoma (Gén. 10:20, 19:13),
se menciona una decisión del juez justo, se ha pronunciado
un juicio. Esta decisión existe y perdura en Dios y en el
mundo (“este mundo ya fue juzgado”), aunque su ejecución
pueda ser postergada, a veces por mucho tiempo, debido a la longanimidad,
misericordia y mansedumbre de Dios, no por una falla de Su voluntad.
¿Para qué sirve el castigo?
Todo castigo es, de entrada, señal
y manifestación del pecado. Esto aparece claramente en los
casos del pecado original, de Caín, de Babel, de Sodoma,
de Nínive, de Cafarnaúm, del Faraón, de Egipto.
En segundo término, el castigo es un fruto del pecado, consecuencia
natural e inherente del mismo, y ni es arbitrario, ni caprichoso.
Esto se comprende con particular facilidad cuando se trata de un
corazón endurecido.
En tercer lugar, el castigo es revelación
de Dios, la manifestación visible apropiada para el pecador
como tal, según dijeron a menudo los profetas (Ez. 11:10,
15:7). El castigo revela la ira de Dios, sus celos, justicia y aún
su perdón y misericordia, siempre prontos a actuar; y finalmente,
su amor exigente.
Dos clases
Hay dos clases de castigo, y según
la clase puede haber distintas conclusiones finales. Algunos terminan
en “exclusión”, mientras que otros resultan en
“abertura”. El primer tipo es de pura condenación,
como el caso del faraón cuyo corazón estaba endurecido,
o el de Ananías y Safira, que “mintieron al Espíritu
Santo” (Actos, 5:7-11). Estos castigos llevan a un callejón
sin salida.
Otros castigos son una condenación
del pecado con una invitación a convertirse. Por eso los
llamamos “de abertura”. Invitan al así castigado
y afligido a volver a Dios. Mantienen la condenación del
pasado de pecado y – ¡atención! – la amenaza
de exclusión final si la invitación es desdeñada,
como en el caso de las vírgenes bobas de la parábola
(Mat. 25:10-12). No es el castigo lo que separa al hombre de Dios,
sino el pecado. El castigo es su resultado, su retribución
(Rom. 6:23).
El castigo de Cristo ¿Y
qué hay del castigo sufrido por Jesús, nuestro Salvador?
Jesús sufrió castigo, no por pecados que Él hubiera
cometido, sino por los pecados de los hombres, que Él tomó
sobre Sí y quitó del mundo. El castigo del Calvario
es a la vez de exclusión – de Satanás y del pecado
– y de abertura para los que se aferran a Cristo por la fe (1Pt
4:1; Phil3:10) y por quienes Él obtuvo plena expiación
y redención.
Tres preguntas más
Hay tres preguntas más que debemos
contestar. Los anuncios de castigo ¿son condicionales o incondicionales?
La respuesta de Jeremías es fundamental
y completamente aplicable. Le citaré:
De veras que así como la arcilla en la mano del alfarero,
así estáis en mi mano, hijos de Israel. A veces amenazo
desarraigar o nivelar una nación o un reino. Pero si esa
nación que amenacé se aparta de su mal camino, yo
también reniego del daño con que la amenacé.
Otras veces prometo construir y fertilizar una nación o un
reino. Pero si esa nación emprende un camino que es malo
en Mis ojos y se niega a obedecer a Mi voz, Me arrepiento del bien
con que prometí regalarla. (Jer. 18:6-10)
No hay motivo para pensar que pueda ser
de otro modo en el Nuevo Testamento. La respuesta de Jeremías
era profecía dirigida a cierto pueblo en cierto tiempo, para
obtener su conversión. Así es la profecía hecha
en Garabandal, pero dirigida a todo el mundo.
Las profecías de estilo apocalíptico
son globales por naturaleza y por ello difieren de las demás.
El Apocalipsis de Isaías (cap. 24 a 27, 34 y 35), el de Ezequiel
(cap.38 y 39), de Joel (cap. 3 y 4) y de Daniel (casi todo el libro)
dan una idea general del destino futuro del universo. Anuncian un
juicio venidero y una convulsión cósmica que ningún
esfuerzo humano puede evitar. Así es también el Apocalipsis
de San Juan, que sin embargo es también la gran epopeya de
esperanza cristiana, el canto triunfal de la Iglesia perseguida
(nota de la Biblia de Jerusalén). Arroja una luz deslumbrante
sobre todas las persecuciones de la Iglesia y los castigos de la
Iglesia y del mundo como paradójicos pródromos del
Adviento glorioso y victorioso del Verbo encarnado de Dios que se
aproxima.
¿Será la Biblia de alguna
utilidad para ayudarnos a vislumbrar lo que pueda suceder, según
la reacción de la humanidad a la Advertencia, al Milagro
y a la señal permanente que quedará en Garabandal?
La respuesta es positiva. Como lo acaecido en la Babilonia mesopotámica,
en la Nínive de Jonás y en la Babilonia simbólica
que es Roma (el Apoc., 17:9 lo dice bien claro) es simbólico
de lo que puede acaecer, digamos, en París, Berlín,
Moscú o Nueva York, es fructífero referirse a la Biblia
para formarnos una idea del destino prometido a estas ciudades en
un futuro que no podemos precisar.
Hay tres posibilidades, empezando por un
castigo de exclusión como el infligido a Sodoma y a la Babilonia
mesopotámica. Una segunda posibilidad seguiría el
modelo de Nínive, donde el rey, todo el pueblo y hasta los
animales se sometieron a severas penitencias, sin que hubiese ocurrido
ningún milagro. La ciudad se salvó, no hubo castigo.
La tercera posibilidad es el castigo de
abertura como el que recibió la Babilonia simbólica,
es decir, Roma. La ciudad fue casi destruida por los bárbaros
y su restauración requirió varios siglos. Aún
en tiempos de Lutero, no era más que una pequeña ciudad.
La restauración contó con la ayuda de sus innumerables
mártires y se debió a que la población había
abandonado sus costumbres paganas. Hoy día, para salvar la
ciudad, Moscú debería abandonar el culto de Moloch,
Nueva York el de Mamón y París el de Venus.
Se anuncia un castigo
Se ha anunciado un castigo en Garabandal. ¿Cuál es
el propósito de ese anuncio?
Que se lo evite, que se retenga el brazo de Dios. Es el propósito
habitual de tales anuncios. Y¿cómo podrá retenerse
el brazo vengador de Dios? Por intercesiones, por conversiones y
por la honradez de los honrados. Examinemos estos medios.
Las plegarias de intercesión tienen
un ejemplo en la insistente oración de Abraham, por la que
Dios habría perdonado la ciudad de Sodoma si hubiera encontrado
en ella diez habitantes honrados; y otro en la petición de
Moisés, que logró disuadir a Dios de destruir al pueblo
de Israel por haber adorado al becerro de oro (Ex. 32:12).
Bajo el Nuevo testamento, tenemos un sumo
sacerdote mucho más exaltado que los del pueblo judío
bajo el Antiguo, ya que es Jesús, que “siempre vive
para interceder por nosotros”.
La conversión. Tema tratado abundantemente
por los profetas y del que Nínive presenta el ejemplo más
claro. Cuando Jonás anunció que la ciudad sería
destruida en cuarenta días, se apoderó de ella tal
espíritu de contrición y penitencia, que al ver sus
acciones, Dios abandonó su intención de castigarlos
(Jo. 3:10).
La honradez de los honrados también
puede retener el brazo de Dios, cuando muchos en el cielo forman
allí “una gran nube de testigos” mientras que
otros, conocidos o no, se esfuerzan aún por hacer el bien
en la tierra. Un santo ha dicho que París había sido
salvada más de una vez de la destrucción “por
las buenas obras de un puñado de mujeres piadosas”.
Éste fue seguramente el caso durante la vida de Santa Genoveva.
No debemos olvidar que sobre todo reina
la misericordia de Dios fundada en Su justicia, como escribió
Juan Pablo II en Dives in Misericordita:
“La precedencia y superioridad del amor sobre la justicia
constituyen una marca que caracteriza a toda la verdad revelada
y que se manifiesta precisamente en el perdón. Esto parecía
tan obvio a los salmistas y profetas que el término mismo
de justicia acabó por significar la salvación lograda
por el Señor y su misericordia”. *
Digamos para concluir que creemos en el
poder, la sabiduría y la gracia de la Santísima Trinidad.
Digamos también que nunca en el pasado ha provisto el sabio
y buen Señor tantos y tan claros avisos que ponen en evidencia
su amante bondad. A fin de que la humanidad pueda sustraerse al
castigo, Dios desplegará oportunamente las excelentes señales
que el lector ya conoce: la Advertencia, el Milagro y la señal
permanente.
Sin ninguna duda, todo ello vendrá
acompañado por un abundante flujo de gracia divina por todo
el mundo que esclarecerá los espíritus y moverá
los corazones, esperamos, por toda la tierra.
* Esto también puede mirarse desde el
punto de vista general del carácter complementario de diversos
aspectos de la realidad, natural o sobrenatural, pero difícil
de captar como un todo, de una mirada, para la inteligencia del
hombre. Nuestra mente tiende incluso a ver contradicciones entre
esos aspectos. Esto se observa no sólo en la física,
digamos, sino en casi todos los dominios del conocimiento, como
éste que miramos aquí. El castigo y el perdón
parecen opuestos y aún contradictorios, pero solamente
por una limitación de la razón humana. En Dios,
están inseparable y perfectamente unidos. La fe llega a
darnos una cierta intuición de esto.
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