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EDICIÓN ESPECIAL SOBRE JOEY
Querido Joey: hoy, junto a los pinos, la Virgen me encomendó en una locución anunciarte que recibirás nuevos ojos el día del Gran Milagro…

Joey Lomangino, que ha dedicado su vida a la difusión del Mensaje de Garabandal, es total e incurablemente ciego. Pero, a través del pasaje precedentemente citado de una carta que le envió Conchita González, una de las visionarias de Garabandal, Joey tiene la convicción de que volverá a ver un día. Conchita también citó a la Virgen diciendo: “Lo primero que Joey verá será el milagro que mi Hijo hará por mi intercesión, y desde entonces verá permanentemente.” Conchita explicó luego que interpreta los “nuevos ojos” como ojos reales tales como los vemos, no necesariamente como visión espiritual, y que esos nuevos ojos “deben ser usados para gloria de Dios.”

Así parece que Dios ha resuelto asociar públicamente a este ciego de Lindenhurst, Nueva York, con el evento de Garabandal. Desde 1963, Joey ha viajado por el mundo predicando la oración, la penitencia y la fe en Dios. Por medio de sus presentaciones anteriores con diapositivas, la participación en programas de radio y televisión, y por la actividad apostólica en continua propagación que inspira, ha hecho conocer el mensaje de Garabandal a millones de oyentes.

Muchos se preguntarán ¿qué lo impulsa? ¿qué gana con todo eso? ¿Será simplemente un hombre de negocios acomodado, presa de un capricho? ¿o un pobre ciego manoteando por asir notoriedad? ¿Será la profecía acerca de sus ojos lo que lo impele a ese ritmo? O bien, como piensan quienes lo conocen de más cerca ¿le ha realmente conmovido la gracia de manera muy especial? He aquí la historia de Joey.

Camino cuesta arriba desde un principio
Creció en el barrio Bay Ridge de Brooklyn; era el mayor de los cinco hijos y una hija de un ítalo-americano trabajador pero de ingresos escasos. Pasquale Lomangino (al que llamaban “Charlie”) era enfermizo, retraído e ingenuo. Distribuía hielo y carbón a unos 300 clientes regulares y con eso ganaba apenas con qué vivir.

El negocio no adquirió impulso – y por ende la familia mayor holgura – hasta que los varones crecieron lo suficiente para participar en él. El mayor era la alegría de su padre, un chico atento y fiel, un buen chico. En la escuela, Joey era un estudiante medio, de carácter manso y afable. Nunca se esforzó en descollar ni en cultivar amistades. Su mayor interés parecía estar en los trabajos que hacía después de hora, con los que contribuía a los ingresos de la familia. Ya a los diez años de edad era ayudante eficaz de su padre en su distribución. A los doce, persuadió a su padre de aumentar el precio del hielo de cinco a quince centavos, como habían hecho los competidores años antes. Impelida por los fuertes hombros de Joey y por su instintiva comprensión de los negocios, la empresa Lomangino empezó a prosperar. Cuando Joey alcanzó los 16 años, la familia había logrado relativa comodidad y el futuro aparecía halagüeño.

Fue entonces cuando, en un caluroso día de junio 1947, el destino le asestó un golpe que destrozó las esperanzas familiares. Al salir de la escuela, Joey corrió a casa a cambiar de ropa para encontrarse con su padre en el recorrido de distribución. Debía llevarle el camión de tres toneladas para el carbón, pero observó que primero había que inflar el neumático trasero izquierdo. Joey lo llevó rodando seis cuadras a la estación de servicio en la esquina de las calles 86 y Bay 7th. Se colocó, recuerda, “con ambas rodillas sobre el neumático, mirándolo, hacia abajo, mientras medía la presión.” Del otro lado de la manzana, Charlie Lomangino oyó una explosión, pero no le hizo caso y continuó con sus tareas. Hoy día, sólo una pequeña cicatriz, como una línea en un mapa, muestra dónde la llanta golpeó a Joey cuando el neumático estalló. Le quebró los huesos de la parte inferior de la frente; una fractura de tres pulgadas le cortó el nervio óptico y el olfativo. Estuvo en coma por tres semanas antes de despertar, el 16 de julio, en la oscuridad en que vive todavía.

El accidente sumió a la familia en la pobreza. El sistema nervioso de Charlie, nunca robusto, quedó destrozado. Se acabó el negocio del hielo y del carbón. Más tarde consiguió trabajo como estibador en el puerto, con el que ganaba en promedio $1200 por año. La familia vivía de eso, de la pequeña entrada que percibía como alquiler de un departamento en su casa, de trabajos salteados que encontraban los hijos menores y de la ayuda caritativa de los vecinos. Joey recuerda vívidamente esos días – que duraron siete largos años. Buscando una palabra que no sea amarga ni airada, los califica de pesarosos. “Eran de una gran tristeza. Yo sentía que me había esforzado en alcanzar algo (la seguridad material para su familia), que estaba a punto de alcanzarlo, y que de repente se lo llevaron. Era tristísimo, como si hubiera perdido algo. Estaba confundido y apenado.”

La religión no le trajo consuelo. “Dios no me satisfacía”, dice, “porque no comprendía por qué la gente sufre. Mis padres eran muy buena gente y sufrieron mucho. Acepté este triste misterio sin ira, pero sin tratar de comprenderlo tampoco.”

En 1949 el P. Alfred Varrialle, de la parroquia St. Bernadette en Brooklyn, asió a Joey por el brazo y lo llevó al Instituto Neoyorquino para la Educación del Ciego. En tres años Joey ganó su diploma de educación media con honores y una beca para la St. John’s University.

Con su lazarillo perruno Dagmar siempre a su lado, Joey fue a St. John’s por un año.
Y en 1954, la situación familiar cambió de nuevo. David R. Filderman, hombre de negocios de Brooklyn, prestó a Joey el dinero necesario para tomar a su cargo un servicio de saneamiento que había cerrado, basado en Farmingdale, Long Island. Joey tomó el negocio con sus hermanos, lo hizo rendir y reembolsó a Filderman dentro del año. El negocio se convirtió en la Allied Sanitation Co., propiedad de un ciego y sus tres hermanos varones.

La luz del entendimiento
En 1961, Joey Lomangino tenía 31 años, éxito en su negocio y demasiado trabajo. Su médico le ordenó tomarse unas vacaciones en Europa. No podía adivinar él que al tomar ese avión una mañana luminosa y vigorizadora, daba el paso más decisivo de su vida. Más aún, que al fin iba a descubrir la vida y su significado, pasado, presente y futuro.

Él recuerda con qué falta de interés dejó pasar en Bari las propuestas de su tío, quien lo invitaba a un paseo de 75 millas a San Giovanni Rotondo en Foggia, al norte de Bari. Le decía: “Joey, tienes que venir ¿sí? A ver a nuestro sacerdote santo – ¡es el orgullo de toda Italia!” La insistencia triunfó y los dos hicieron el viaje, llegando a las cinco de la mañana para asistir a la misa dicha por el famoso estigmatizado, el Padre Pío. Después de la misa, Joey se arrodilló con cientos de circunstantes para recibir la bendición del Padre. Cuando llegó a él, P. Pío le llamó por su nombre, le tocó la mejilla y lo bendijo. Eso fue todo. Pero eso bastó para cristalizar todo lo que Joey sintió desde el momento en que pisó el Rotondo. Durante los dos años siguientes no pudo borrar la presencia del P. Pío de su mente. Al ir a Foggia, Joey había abierto a Dios una minúscula entrada en su corazón. La gracia lo invadió y comenzó el trabajo de transformación. Aunque la asistencia a misa y la práctica de los sacramentos eran todavía ocasionales en su vida, Joey comenzaba a padecer la turbulencia de la conversión. Empezó a percibir la luz del entendimiento – sobre su ceguera y los sufrimientos de su familia, que siempre le habían pesado tanto. Comenzó a comprender por qué la seguridad financiera que tanto había deseado para su familia y que había alcanzado, no había traído las alegrías ni la paz que él esperaba. Comenzó a vislumbrar su vacuidad.

Por la gracia de Dios
Cuando Joey volvió a Italia en 1963, fue con el propósito deliberado de encontrarse otra vez en presencia de ese hombre santo cuya sencilla bendición le había hecho tan profundo efecto. Al tercer día de su segunda visita al Rotondo, Joey se arrodilló para una confesión. No había tabique entre él y el P. Pío, quien le dijo: “Joey, confiésate.” Sorprendido por ese encuentro frente a frente, Joey quedó mudo. El padre repitió: “Joey, confiésate.” Y él empezó; “Bendígame, Padre, pues he pecado…” pero el sacerdote lo interrumpió:
“Joey, estás resentido ¿no?”
“No, Padre, trabajo duro, estoy cansado…”
“No, no, Joey, estás resentido ¿no?”
Como Joey buscaba palabras para explicarse, el padre se puso a enumerarle sus pecados, en inglés. Joey cuenta:
“Fue así, este padre italiano empezó con: ‘¿Te acuerdas, Joey de una noche, en un bar, con una chica llamada Barbara, del pecado que cometiste?’ Yo dije ‘Sí, me acuerdo’ y él siguió ahí mismo en inglés con toda la lista, los nombres, las fechas, los lugares en que había estado, los pecados que cometí. Yo terminé empapado. Cuando terminó, preguntó: ‘Joey ¿te arrepientes?’ y le contesté ‘Sí, padre, me arrepiento.’ Entonces el padre Pío levantó la mano y dijo ‘Llamo a Jesús y María para ti.’ Yo dije ‘¿Para mí? Usted llama a Jesús y María ¿para mí?’ Él contestó ‘Sí’ y me dio la absolución. Yo sentía mis ojos dar vueltas en mi cabeza. Me froté la cara, pero mi cabeza también daba vueltas. Me pasaba algo, pero no sabía qué. De pronto, mi cabeza se despejó. El P. Pío me tocó los labios y me hizo besar el estigma sobre su mano. Me dio una palmada en la cara y me dijo: ’Joey, con un poco de paciencia y un poco de coraje estarás lo más bien’.
Yo tenía entonces 33 años, pero me sentía como de 16. Tenía un firme propósito de enmienda y me arrepentía de cada pecado cometido en toda mi vida. Me sentía bueno y limpio y sólo anhelaba a que me dejaran tranquilo. Desde ese día, el 16 de febrero de 1963, he sido comulgante diario, la cruz no pesa más sobre mis hombros y estoy libre. Hasta hoy no he sufrido. Estoy incomodado, pero no sufro.”

Algunos días más tarde, Joey estaba de rodillas con una cincuentena de otros hombres delante del claustro del Rotondo, esperando el pasaje del P.Pío. De repente alzó los brazos y se tiró hacia atrás, para protegerse de lo que en su ceguera tomó por una explosión. No era sino un aroma – de rosas. Como Joey había carecido de sentido del olfato por tanto tiempo, la sensación repentina le hizo el efecto de una explosión. Pero ya estaba el P.Pío delante de él. Le tocó el puente de la nariz y le dijo “No tengas miedo, Joey”.
Aunque su nervio olfativo fue cortado 16 años antes en el mismo accidente que le costó la vista, acababa de recuperar el olfato. No tiene facultad física de oler, pero su sentido del olfato es tan agudo como el de cualquiera, por efecto de la gracia de Dios operando por medio del P.Pío.

“Padre, ¿es cierto que…”
El amigo que había acompañado a Joey a San Giovanni había ido con el entendimiento de que tras cosa de una semana ambos seguirían viaje hacia Garabandal. Joey no sabía gran cosa de las apariciones en esa época; sólo le interesaba escuchar al P.Pío. Convenció a su amigo de pedir consejo al padre y atenerse a su recomendación. Así, Joey interrogó al padre: “Padre ¿es verdad que la Virgen está apareciendo a cuatro niñas en España?” La sencilla respuesta que vino: “Sí”, no le bastó. Insistió: “Padre, ¿debiéramos ir a Garabandal?” Vino otra respuesta sencilla: “Sí, ¿por qué no?” Y así el americano ciego se marchó del refugio bendito de San Giovanni Rotondo donde había empezado a vislumbrar el sentido de su vida, en febrero de 1963, el tiempo en que Joey estaba predestinado a entrar en los asuntos de Garabandal.

Los inviernos son muy duros en Garabandal. Joey recuerda su primera noche en la aldea montañesa. “El frío era tremendo, y tan penoso adentro como afuera. Las casas del pueblo eran de piedra y no tenían agua corriente, ni siquiera cañerías, ni calefacción. Sólo un fueguito de tanto en tanto, según la asignación al pueblo, una estufilla de leña para cocinar y camas pequeñas con colchones de paja. Creo que pagué por todas las gracias esa noche.”

Acostado con toda su ropa, más todo lo que pudo encontrar para cubrirse, Joey casi no pudo dormir debido al frío. De todos modos, tenía en qué pensar – el retorno milagroso de su olfato gracias al P.Pío, el viaje desde San Giovanni, las cosas maravillosas que él y su amigo Mario, que lo acompañaba, habían oído la noche anterior en Madrid, la reverencia que habían sentido entrando a Garabandal.

En Madrid habían pasado horas hablando con gente bien enterada de los acontecimientos de Garabandal, como el P. Ramón Andreu, hermano del sacerdote jesuita P. Luis Andreu, a quien la Virgen María había envuelto de manera especial en los eventos de Garabandal. El P. Ramón, también jesuita, había presenciado varias ocasiones en que las niñas entraron en éxtasis, y sus relatos impresionaron fuertemente a Joey.

Indudablemente, Joey llegó a Garabandal como creyente. “¿Por qué no?” se decía. El P.Pío había abierto su corazón al amor de Dios, le había hecho comprender que Dios está con su pueblo. El P.Pío había confirmado que la Virgen estaba apareciendo en Garabandal. Y luego, el testimonio sereno y reverente del P.Andreu y de los demás en Madrid.

A los pocos días Joey conoció a la niña visionaria Conchita. Le conmovieron su sencillez, su sinceridad, su dedicación a la oración y su confianza infantil en la veracidad de sus visiones. Ella le dio una estampa piadosa en la que había escrito un mensaje. Rezaba:

Debemos hacer muchos sacrificios y penitencias y muchas visitas al Santísimo Sacramento. Pero primero debemos llegar a ser muy buenos. Si no lo hacemos, vendrá un castigo. La copa ha rebalsado y si no cambiamos recibiremos un castigo muy grande. ¿Lo hará usted, señor? Yo no sé su nombre, pero hágalo y convenza a otros de hacerlo.

Conchita

De sus conversaciones con Conchita, Joey concluyó que sería ilógico pensar que ella estaba engañando o que había sido engañada. Su inclinación a creerle se convirtió en convicción: sin duda la Virgen María había venido a este pueblo con un mensaje para el mundo. Él debía obrar para contribuir a la difusión del mensaje.

¿Qué puedo hacer?
Era ciego. Por temperamento era tímido – un solitario. El único propósito de toda su vida había sido ganar dinero para su familia. Vuelto a Nueva York, daba vueltas y vueltas al asunto en su cabeza: “¿Qué puede hacer un tío como yo para contribuir a la difusión del mensaje?”
Ahora piensa que, en realidad, estaba bastante bien equipado para su misión. Tenía grabado en su corazón el encuentro con el P.Pío y el milagro físico y espiritual que ese santo sacerdote había obrado en él. También la visionaria Conchita le había dado cuentas de rosario que la Virgen había besado. Y había oído los testimonios de una cantidad de personas tanto en San Giovanni como en Garabandal. Además de todo esto, tenía un álbum de fotos que le consiguió su amigo Mario. Contenía fotos del P.Pío y de los éxtasis de Garabandal. Debajo de cada foto, unas líneas en Braille.

Con su álbum, y las cuentas de rosario en su bolsillo, Joey emprendió su testimonio, de casa en casa, empezando con las de los parientes y amigos. Más tarde, cuando consiguió diapositivas por intermedio del P.Ramón, volvió a visitar esas casas, con diapositivas del P.Pío, de Fátima y de Garabandal. En sus presentaciones, que pronto se mudaron en “conferencias”, su tema era el amor de Dios por todas las gentes. Decía: “Dios llama constantemente a personas, a veces mediante el carisma del P.Pío, a veces por medio de apariciones la Virgen María.” Recalcaba la urgencia que emana de las visitas de Nuestra Señora a Fátima y ahora a Garabandal. “Nuestra Señora”, decía, “vino por amor. Debemos responder con amor.”

Se fue corriendo la voz sobre este ciego que relataba las apariciones de la Virgen en España. Le telefoneaba gente pidiendo que fuera a sus casas a mostrar las diapositivas. Pronto ya no bastaron los fines de semana para su apostolado. Comenzó a dar citas uno o días durante la semana y, como no siempre podía disponer de Mario, reclutó a otros amigos para ayudarle. Éstos acudían de buena gana, ya que estaban también convencidos de la venida de la Virgen y de la necesidad de difundir su mensaje.

Pero he aquí lo que, según Joey, estaba acaeciendo en realidad. En cuanto volvió de su primer viaje a Garabandal, se atuvo a la asistencia diaria a misa, con comunión. Esta adquisición cotidiana de gracia, dice, le abrió progresivamente los ojos acerca de lo que estaba haciendo. Reconoció la necesidad – y los frutos – de la oración. Empezó a pedir a sus oyentes que lo acompañaran rezando tres avemarías antes de explicarles las diapositivas. En poco tiempo, las tres avemarías se convirtieron en cinco decenas de rosario. Con esto, afirma Joey, hay gracia no sólo para él, sino para todos los oyentes del mensaje de Nuestra Señora. Vio gente que volvía a los sacramentos después de largas ausencias, sus vidas transformadas por haber comenzado a orar. Se convenció de lo que es hoy la nota clave de su apostolado: sólo la gracia de Dios convierte y sostiene. La verdadera sabiduría, la verdadera paz, la capacidad de soportar, estas cosas sólo vienen por la gracia obtenida rezando.

¿Quieres volver a ver?
Salvo que se lo pidan abiertamente, Joey nunca menciona la profecía que se refiere a sus ojos. Pero cree sin reservas que volverá a ver un día. Lo dijo la Virgen.

¿Cómo vino esa profecía? Hay al respecto más antecedentes de lo que comúnmente se sabe. Algunos meses después del accidente que lo cegó (27 de junio de 1947), Joey estaba durmiendo en su casa en Brooklyn. Compartía un dormitorio con sus tres hermanos varones. Su cama era la más alejada de la puerta. Lo despertó una voz que parecía venir del pasillo:
“Joey, ¿quieres volver a ver?

Entonces reza. Reza 17 avemarías, siete actos de contrición y cinco padrenuestros tres veces por día.
¿Cuándo volverás?
Pronto.”

Con respecto a esta voz, Joey es terminante: “Nunca tuve visiones ni locuciones ni ninguna de estas cosas. Soy persona común. Pero Dios sabe lo que hace falta para conmoverme. Esto que me pasó era real, lo sé, y nunca creeré que lo soñé ni que lo imaginé.”
Han pasado muchos años y, como dice Joey, aunque nunca ocurrió nada, la realidad de esa experiencia no ha disminuido. Él continuó rezando fielmente las oraciones prescritas tres veces por día.

Diecisiete años más tarde, se la relató a Conchita en Garabandal. En la misma ocasión le habló también de su deseo de establecer un hogar para los afligidos abandonados, un proyecto que concibió por haber participado en repetidas peregrinaciones, con enfermos, al santuario de Sainte Anne de Beaupré, en Canadá. Conchita le dijo que hablaría de él a la Virgen. Ese mismo día, 18 de marzo de 1964, Joey se marchó a Nueva York. Dos semanas después recibió en su casa en Lindenhurst esta carta de Conchita:

Día de San José – 1964

Querido Joseph,
Dos líneas para decirte del mensaje para ti que hoy me dio la Virgen junto a los pinos…
Me dijo que la voz que oíste era la de ella y que volverás a ver el día mismo del Milagro. También me dijo que el Hogar de Caridad que fundarás en Nueva York traerá gran gloria a Dios.

Conchita González

“La profecía tardó algún tiempo en penetrar”, dice Joey, “pero lo que me dio inmediatamente gran alegría fue la confirmación de la voz. Dios premió mi fe de su maravillosa manera.” En cuanto al Hogar de Caridad, piensa Joey, la Virgen se refería probablemente al Centro Garabandal de Nueva York. “Todo lo que hacemos allí” dice Joey “es para gloria de Dios”.

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