| POR MARÍA,
DIOS CONMUEVE LOS CORAZONES SENCILLOS
Los hechos que contemplaremos en este número de “Needles”
serán acaso menos sorprendentes que los discutidos en números
anteriores, pero son altamente instructivos sobre lo que trajo a
Nuestra Señora a Garabandal.
Ella vino para acercarnos a su divino Hijo. Uno de los medios que
recomendó para esto fue el rosario – no dicho a la
disparada y pensando en otra cosa, sino dicho despacio y pensando
atentamente en lo que se dice. Y Nuestra Señora utilizó
a las niñas de Garabandal para enseñarnos a rezar
de esta manera. Hizo que las niñas recitaran el rosario en
éxtasis a fin de que la gente se sintiera inspirada por su
manera de rezar. El que haya logrado su propósito es precisamente
la tesis de este artículo.
La relación que sigue nos viene de nuevo del capuchino español
Eusebio García de Pesquera. Estos hechos comenzaron el 29
de junio de 1961 y se refieren principalmente a un sencillo paisano
de la zona de Garabandal, un campesino del vecino pueblo de Cosio,
Faustino Gonzales.
Faustino tenía un campo cerca de Garabandal. Las verdes
colinas de la zona se usan sobre todo para criar ganado y producir
heno, y sólo secundariamente para cultivar legumbres. Hay
esparcidos en ellas pequeños abrigos o graneros de piedra
– los llaman “invernales”- usados para alojar
al ganado, o al heno, o a los campesinos cuando es malo el tiempo
o tienen que pasar la noche con el rebaño.
Faustino, que tenía uno de estos graneros en su campo cerca
de Garabandal, iba al pueblo con frecuencia. Así, él
– y otros campesinos del lugar – oyeron hablar de las
apariciones y eso les intrigó. Como consecuencia, el 29 de
junio diez u once de estos hombres se fueron al pueblo a ver por
sus propios ojos lo que allí ocurría. Simple curiosidad,
ya que ninguno estaba muy dispuesto a creer que nada bueno pudiera
surgir del modesto villorrio ni de las cuatro familias de que se
hablaba.
Al atardecer, la gente se reunió como de costumbre en la
calzada hundida que lleva a los pinos en Garabandal. Faustino y
sus amigos se ubicaron en buen lugar para poder observarlo todo.
Las videntes llegaron y ocuparon su lugar, una pequeña área
cercada en la calzada. Una señora de edad empezó a
rezar el rosario. Pasó un rato sin suceder nada. Los hombres
se cansaron de rezar y comenzaron a bromear y reírse de la
señora que continuaba con el rosario.
De repente se les congeló la risa. Las videntes habían
echado la cabeza hacia atrás y estaban en éxtasis.
Los hombres olvidaron por completo a la anciana señora y
quedaron con los ojos clavados en la increíble belleza que
se desplegaba ante ellos. Más tarde, Faustino la describió
así al Dr. Ortiz, de Santander. “El ver esa transformación,
contemplar esas caras, nos conmovió tanto que sentimos lágrimas
venirnos a los ojos – ¡y eso que nosotros somos duros
de pelar!”
Fueron realmente conturbados por la experiencia. Pasaron esa noche
juntos en su granero y sólo atinaron a comentar lo que habían
visto y oído. No podían dormir. Al fin uno de ellos
sugirió dejar de conversar y rezar el rosario, para expiar
las burlas a que se habían librado antes de la aparición.
Propuesta que fue bien recibida y ejecutada por estos hombres que
se sentían aún bajo el impacto de algo que los superaba
y les hablaba íntimamente del amor de Dios.
Experiencias como ésta no son impresiones pasajeras, pronto
olvidadas y que quedan sin efecto. Pasado más de un mes,
cuando el Dr. Ortiz, psiquiatra de Santander, visitó de nuevo
Garabandal, se reunió con algunos de estos granjeros en el
pueblo. Los vio en actitudes respetuosas, cabeza descubierta, rezando
el rosario mientras acompañaban a las niñas por las
calles del pueblo. Tanto le sorprendió verlos en actitud
tan religiosa que interrogó a uno de ellos.
“Los que cuidamos del ganado en las colinas”, le contestó,
“bajamos al pueblo los sábados para rezar el rosario
con las niñas. Trabajamos más deprisa con el ganado
que los demás días, porque no podemos llegar tarde
a rosarios como éstos. ¡Valen mil veces más
que los que solíamos rezar en la iglesia!”
“¿No habrá un poquitín de exageración
en eso?” inquirió el Dr. Ortiz.
“No, doctor, no. Pensamos que en la iglesia uno se distrae
demasiado rezando” contestó.
Jesús ha dicho “Por sus frutos conoceréis el
árbol” (Mat. 7,20). Según este criterio que
nos dio para juzgar el valor espiritual de las cosas, estos hechos
que conciernen a Faustino Gonzales y sus amigos arrojan abundante
luz sobre la autenticidad de los eventos de Garabandal.
El P. De Pesquera firma sus escritos con el seudónimo “Dr.
Robelas”. Los hechos descritos en este artículo provienen
de su trabajo “Se fue con prisas a la montaña”,
vol.I, pp.63-65.
El Dr. Ortiz visitó el pueblo muchas veces, a intervalos
regulares, durante los años de las apariciones.
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