| LA PRESENCIA
Y ACCIÓN MANIFIESTA DEL ARCÁNGEL MIGUEL
Por el P. Eusebio de Pesquera
Creo que ésta es la primera vez – la única –
que se ha manifestado esta presencia, desde el principio de lo que
suele llamarse la era Marial que empezó, digamos, con la
aparición de la medalla milagrosa de la Virgen en París
en 1830.
Garabandal, que ya podemos considerar hecho “histórico”,
se abrió y se cerró con la intervención de
San Miguel: desde el 18 de junio de 1961 hasta el 18 de junio de
1965. Ni las niñas ni los testigos podían medir la
importancia de esta participación. A ver si nosotros podemos.
La enseñanza católica siempre ha presentado a San
Miguel como el primero de todos los seres o espíritus celestiales.
Es el instrumento de Dios en todas sus más grandes tareas.
Es él quien ejerce la vigilancia a la cabeza de los elegidos:
guardián de la sinagoga en su día, y ahora de la Iglesia.
Es él, que como ‘Príncipe del Ejército
celestial’, encabeza las huestes en su batalla contra las
Potencias del abismo.
En el último libro de la Sagrada Escritura, cuyas páginas
cierran la historia de la Salvación, S. Miguel aparece como
el ángel de las últimas y decisivas batallas. Bien
podemos preguntarnos, entonces, si es que hemos entrado en la última
etapa, la conclusión de la historia. La época en que
Satán estaba “impedido de dañar a las naciones”
(Apocalipsis) ha evidentemente pasado. Hoy las naciones que formaban
la Cristiandad han abjurado desvergonzadamente, declarándose
oficialmente ateas, o han concluido por aceptar, en su ley, una
ignorancia oficial de Dios.
León XIII tenía sus propias, potentes, pero poco
conocidas razones, para ordenar, al final de toda misa, rezada o
cantada, la oración que empieza con: ”Arcángel
San Miguel, defiéndenos en el día de la batalla”.
Esta oración se mantuvo hasta precisamente los días
de Garabandal, cuando la Jerarquía creyó oportuno
eliminar las oraciones después de la misa. Esto no nos autoriza
a pensar que esas oraciones fuesen inútiles, ni que podamos
ahora abandonar la invocación a S. Miguel, por haberse ya
ganado la batalla. La situación actual en la Iglesia y los
signos de los tiempos tienden más bien a hacernos pensar
lo contrario.
Tal vez las grandes jornadas apenas han empezado, y la Mujer enemiga
del Dragón, aliada con el Ángel de las batallas finales,
están a punto de emprender la acción decisiva en medio
de nosotros. Debemos prestar estrecha atención a lo que nos
puedan exigir.
Una tarde de septiembre de 1961, Doña María Herrero
de Gallardo se encontraba sola con Conchita en la cocina de ésta.
Aprovechando la oportunidad, dijo Doña María: “Cuéntame
de la Virgen, Conchita.”
“-¿Qué quieres que te cuente? ¡Hay tanto
que decir! Un detalle es muy interesante: Cuando reza el Gloria,
la Virgen inclina la cabeza con extraordinaria reverencia. Otro
detalle: su manera de mirarle a uno. Da la impresión de que
más bien que mirándole a uno, está mirando
al mundo entero. ¡Y de modo tan especial! ¡No creo que
nadie más pueda mirar de esa manera!
“¿Y qué dices de San Miguel?”
“Que todo empezó con él. Vino por primera vez
el 18 de junio precedido de un relámpago y algo como un trueno
que nos impresionó mucho.”
“--Esto no me sorprende, Conchita. ¿No sabes que San
Miguel es el Príncipe del ejército celestial, el abanderado
de Dios, el conquistador de Satán, etc.?”
-- No, la verdad es que no sabía nada de todo esto”.
¿Quién puede decir que la presencia de tal persona
en Garabandal no indicaba que habíamos entrado en los tiempos
decisivos descritos en el último libro de las Escrituras?
Un día, en las márgenes del Tigris, Daniel, el viejo
profeta de los tiempos escatológicos que vendrán,
oyó una voz que le decía: “En aquellos días
surgirá Miguel, el gran príncipe, el defensor de los
hijos de tu pueblo, y será un tiempo de angustia, tal como
no lo hubo desde que existen las naciones (Daniel 12:1-3)
En toda sinceridad, mis amigos, les confieso mi impresión
de que la presencia tan manifiesta de S. Miguel en Garabandal nos
da mucho en que pensar.
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