| NUESTRA
SEÑORA DA UNA PRUEBA
(A una bailarina de Folies Bergères)
Por Joseph A. Pelletier, A.A.
La historia de la prueba dada por Nuestra Señora en Garabandal
a una bailarina de Folies Bergères es uno de los muchos episodios
de esta especie que ocurrieron durante el período de las
apariciones. Éste en particular tiene para mí un valor
especial, por haberme sido relatado por un amigo, el Dr. Ricardo
Puncernau, quien lo presenció y tuvo alguna parte en él.
Durante el verano de 1968, cuando yo pugnaba por llegar a una opinión
definitiva sobre Garabandal, gocé de muchas veladas fructíferas
conversando con el doctor en su casa en Barcelona. Tenía
una mina de información sobre las apariciones y estaba particularmente
al tanto de lo tratado por la Comisión de Investigación
de Santander. En 1970 pasé otra tarde con él en Barcelona.
Esta vez yo venía con Joey Lomangino y un grupo de participantes
en nuestros viajes de verano a Europa.
El Dr. Puncernau es uno de los testigos importantes de Garabandal.
Atravesó España varias veces desde Barcelona cuando
ocurrían las apariciones y presenció unas quince o
veinte de ellas. Neurólogo altamente calificado, profesor
asistente de la Escuela de Medicina de Barcelona, examinó
a las niñas muy seriamente y las encontró normales
y en buena salud desde todo punto de vista. Pronunció unas
noventa conferencias sobre Garabandal, muchas de ellas ante auditorios
médicos de inclinaciones religiosas abigarradas, y es indudablemente
uno de los principales expertos médicos y psicológicos
en materia de Garabandal.
En diciembre de 1974, el doctor redactó un informe muy personal
sobre hechos ocurridos en Garabandal durante sus visitas, que nunca
había mencionado antes. Cosas “vistas a través
del prisma de un médico cristiano”, que en su opinión
debían ser dichas. Le agradecemos habernos hecho partícipes
de esta información, auténtica y de primera mano como
es. No hay nada sensacional en el informe del doctor. Básicamente
presenció el mismo tipo de cosas que vieron otros, cuando
vinieron al pueblo. El mérito real de su documento estriba
en su gran valor confirmatorio, viniendo de un hombre de entera
honestidad y cuyas calificaciones y especialidad médicas
lo autorizan como observador crítico y objetivo.
El incidente de la bailarina de Folies Bergères se produjo
durante la primera visita del Dr. Puncernau a Garabandal y durante
el primer días de su estadía allí. Él
había venido con su esposa Julia y una hija, la joven Margarita.
Habían viajado con otra testigo importante de las apariciones,
Mercedes Salisachs, en el automóvil de ésta. Se alojaron
en una de las casas en el linde del pueblo y luego se fueron a pie
a la plaza frente al restaurante y tienda propiedad de Ceferino,
el padre de Mari Loli, una de las videntes. Ceferino estaba en medio
de la plaza, conversando con amigos. De pronto vino la noticia que
Conchita había caído en éxtasis, y luego también
Jacinta y Mari Loli, y finalmente Mari Cruz.
Como solía suceder en el pueblo, aunque las niñas
no caían en éxtasis simultáneamente, Nuestra
Señora al fin las agrupaba y luego andaban lado a lado a
través del pueblo, rezando el rosario, y los presentes en
pos de ellas, dando las respuestas.
El doctor Puncernau las observó un momento y luego entró
al restaurante de Ceferino para comprar una coca-cola. Allí
encontró una joven con la que trabó conversación
y descubrió que era uruguaya pero que trabajaba en Folies
Bergères en París. También se enteró
de que ella no sólo no creía en apariciones, sino
que no creía en nada y sólo había venido a
Garabandal por pura curiosidad.
El doctor propuso salir a ver qué pasaba con las niñas
y salieron del establecimiento de Ceferino. Disimulados en la sombra
de una casa, observaron a alguna distancia cómo las videntes
en éxtasis iban, rezando el rosario, hacia la iglesia del
pueblo, llamada San Sebastián. Mientras las miraban, notaron
que Conchita, siempre en éxtasis y teniendo en la mano un
pequeño crucifijo, se alejaba de sus amigas y venía
hacia ellos, andando ya normalmente, aunque con celeridad desusada.
El doctor se dijo: ”Esta joven se ha enterado de que soy
médico y ahora viene para tratar de impresionarme.”
Pero también se preguntó cómo Conchita podría
haberlos visto en la sombra de la casa.
Pronto descubrió su error. Conchita vino directamente hacia
la uruguaya y le plantó con fuerza el crucifijo en los labios
para que lo besara, una y otra y otra vez. Cumplida su misión,
Conchita, todavía en éxtasis, se fue a reunir con
sus amigas y a reanudar el rosario con ellas.
La bailarina de Folies Bergères quedó llorando profusamente,
a grandes sollozos. Parecía inconsolable. El doctor temió
que tuviese algún ataque y la llevó a uno de los bancos
adosados al establecimiento de Ceferino. Varios espectadores se
agruparon en derredor mientras el doctor se esforzaba en calmarla.
Al fin pudo hablar y explicó lo que la había conturbado
tanto. Al igual de muchos otros, ella ansiaba recibir una prueba
personal de la realidad de las apariciones. Había pensado
“Si es verdad que la bendita Virgen aparece, que venga una
de las chicas a darme una prueba de ello.”
No pensaba ya en eso cuando vio a Conchita venir resueltamente
hacia ella y darle el crucifijo a besar. “Pero”, dijo,
“Yo no lo quería besar y traté de retener su
mano, pero con mucha fuerza ella lo apretó contra mis labios
y no pude sino besarlo una, y dos y tres veces – yo, la incrédula,
la atea que no creía en nada. Esto me ha conmovido extraordinariamente.”
La historia terminó felizmente algún tiempo después.
El doctor y la bailarina mantuvieron contacto epistolar y un día
él se enteró de que ella había dejado Folies
Bergères y había vuelto a su familia en el Uruguay.
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