El
Mensaje Eucarístico de Garabandal
Por Padre José A. Pelletier, A.A.
Nuestra Señora reafirmó de muchas maneras, en Garabandal,
la enseñanza secular de la Iglesia sobre la Presencia Real
y el poder de Jesús en la Eucaristía.
El Padre Pelletier, en éste, primero de varios artículos,
discute
un aspecto del mensaje eucarístico de Garabandal.
Una de las señales más convincentes de la autenticidad
del mensaje de Garabandal es que está centrado en Jesucristo.
Esta característica le viene principalmente de su enfoque
insistentemente eucarístico: la comunión (enseñada
a través de la Comunión mística dada por el
ángel a las niñas), la visita al Santísimo
Sacramento, la oración por los sacerdotes y la meditación
sobre la pasión de Jesús. La misión de María
era y es siempre acercarnos a Jesús, y es en este acercamiento
a Jesús que llegamos a reconocer la presencia auténtica
de ella.
No se mencionó a María en los dos mensajes “oficiales”
del 18 de octubre de 1961 y del 18 de junio de 1965. La recomendación
del rosario, que ella hizo cada vez que vino, fue hecha de una manera
más informal durante sus conversaciones con las muchachas.
Y así ocurrió también con el escapulario. En
este caso la recomendación fue indirecta, ya que residió
en el título que escogió para sus apariciones: Nuestra
Señora del Monte Carmelo; y en su costumbre de llevar siempre
sobre el brazo derecho un gran escapulario.
El primer mensaje de 1961 fue una llamada a la penitencia y al arrepentimiento,
una súplica de buscar “perdón con corazones
sinceros”. Contenía otro recuerdo de la “Eucaristía,
a la cual se está dando menos y menos importancia.”
Encareció la atención a los sacerdotes, que están
en gran necesidad de oraciones – tan luego ellos, los ministros
de la Eucaristía.
Nos pidió “pensar en la pasión de Jesús”
– Jesús, el sumo sacerdote que perpetúa el sacrificio
de la cruz a través de la misa.
Parecería que recién ahora comenzamos a entender todo
el significado y la importancia del mensaje Eucarístico de
Garabandal. Este mensaje fue considerado al principio como un
recuerdo y una defensa de la enseñanza católica tradicional
de la Eucaristía y especialmente de la realidad de la presencia
divina.
Esta interpretación del mensaje Eucarístico de Garabandal
es, por supuesto, correcta y era muy oportuna en los días
de increíble confusión que siguieron al Concilio Ecuménico
Vaticano II.
Sin embargo, el Espíritu Santo, con quien María está
inseparablemente unida, está conduciendo a la Iglesia a una
comprensión más profunda y productiva de todos los
canales de la gracia, entre los cuales la Eucaristía es uno
de los más importantes. Esta comprensión más
profunda y productiva no es en realidad algo nuevo. Es más
exactamente un retorno a las creencias – y a las prácticas
– de la iglesia primitiva.
El Espíritu Santo nos está recordando algo que, por
lo menos en la práctica, habíamos olvidado, y es que
los sacramentos, particularmente la Eucaristía y la Penitencia,
tienen importantes funciones curativas.
Con respecto a la Eucaristía, en el pasado se insistía
sobre todo en su función de “alimento” fortalecedor,
y éste es ciertamente un aspecto auténtico e importante
de la Eucaristía. Pero el Cristo resucitado que viene a nosotros
para fortalecer nuestras almas y ayudarlas a crecer en el amor de
Dios también viene a nosotros con la plenitud de su energía
curativa, la misma que fluyó de su persona durante los años
de su ministerio público. En esos días bastaba con
tocar el dobladillo de su túnica con fe y confianza en la
curación física y moral. ¡Cuánto mayor
es la intimidad de nuestro contacto con Cristo en la Eucaristía!
Cristo sabe la enorme necesidad de curación que todos sentimos
hoy, tanto física como psicológica y espiritualmente.
Nos ama no menos de cuanto amaba a los judíos de su época.
Su poder no se ha reducido de ninguna manera, y en la Comunión
estamos en contacto increíblemente estrecho con ese poder.
¿Cuál entonces es el obstáculo? ¿Por
qué no somos curados? Sencillamente, porque no creemos que
él desea curarnos. Y por no creerlo, no le pedimos que nos
cure. Eso es todo.
La fe y la confianza, creer y pedir, son fundamentales si queremos
recibir los dones de Dios. Él no nos impone nada. Él
nos ha dado una voluntad libre y la respeta. Nos espera. Él
nos invita pero debemos aceptar la invitación. En el Apocalipsis,
nos dicen: “Aquí estoy parado, golpeando en la puerta.
Si cualquiera me oye llamar y abre la puerta, entraré en
su casa y cenaré con él, y él conmigo ”(3:20).
Jesús está parado y golpeando, pero no entrará
por la fuerza. Debemos abrir la puerta. Debemos querer que él
entre y debemos indicárselo. Hacemos esto en la oración,
pidiendo. Pedir es abrir la puerta. Él está parado
en nuestra puerta con todo su poder, el mismo poder que utilizó
durante su vida mortal para expeler demonios, curar enfermos y resucitar
a los muertos. Pero no le pedimos que entre y que utilice ese poder.
Estamos parados allí frente a frente, Jesús y nosotros,
separados solamente por una puerta que podemos empujar. Y si no
empujamos la puerta, el poder de Jesús queda sin uso y sin
fruto, para dolor de Su corazón amante y misericordioso.
Sí, duele y entristece a Jesús el no poder utilizar
Su poder para nosotros, que no confiemos en Su amor por nosotros.
Ofendemos Su amor cuando no pedimos, ya que de hecho Le estamos
diciendo: “no me atrevo a pedir porque no creo que me darás
lo que deseo. No estoy seguro que me ames bastante para darme lo
que pido.”
Todo se reduce a nuestra fe, o carencia de fe, en su amor. Si creyéramos
de verdad en su amor, Le pediríamos que moviera la montaña
de dolencias físicas, psicológicas y espirituales
que nos están aplastando y están quebrando nuestro
ánimo y quitando toda la alegría de nuestros corazones.
“Dejadlo beber, al que cree en mí. Dice la Escritura:
De su seno correrán ríos de agua viva” dijo
Jesús (S.Juan 7:37-38). No humedecerá nuestros labios
un goteo de agua, sino que fluirán ríos que refrescarán
nuestro cuerpo y nuestra alma si creemos y pedimos, esperando recibir
y “nunca dudando” (Santiago 1:6). Jesús también
dijo, “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”
(Juan 10:10). ¡Tener vida abundante! Esto es lo que Él
vino a traernos con su poder.
Jesús habló realmente con absoluta claridad. También,
con conocimiento de “cuán poco sentido tenemos y cuán
lentos somos para creer”(los Actos 24:25). Repitió
lo mismo muchas veces. Una de sus declaraciones más claras
y más completas a este respecto se
encuentra en Juan 14:12-14: “les aseguro solemnemente que
el hombre que tenga fe en mí hará los trabajos que
hago y mucho mayores que éstos. ¿Por qué? Porque
voy al Padre, y lo que pidiereis en mi nombre lo haré, para
glorificar al Padre en el Hijo. Si pidiereis alguna cosa en mi nombre,
Yo la haré.”
Cuando Jesús realizó milagros durante Su vida, él
glorificó al Padre. Cuando Él realiza milagros hoy
a nuestro pedido, Él también glorifica al Padre. Él
desea glorificar al Padre de esta manera, y le privamos de oportunidades
de hacerlo cuando no pedimos que él realice “grandes
trabajos” en nosotros y a través de nosotros.
La gloria del Padre es el último propósito de todo
lo que Jesús hizo y hace. El propósito inmediato de
lo que Jesús hizo y hace nos concierne a nosotros. Desde
nuestro punto de vista, él realizó y desea continuar
realizando milagros y curaciones a fin de que “tengamos vida
abundante.” La plenitud de la vida incluye alegría
y felicidad: “Pedid y recibiréis, para que vuestra
alegría sea plena.” (Juan 16:24). Jesús desea
sanarnos de modo que podamos conocer alegría y felicidad
completas. Esto no significa que quiera quitar la cruz totalmente
de nuestra vida, que no quiera dejarnos sufrir. Él nos dijo
explícitamente que tendríamos que tomar nuestra cruz
y seguir su ejemplo de sufrimiento. Pero hay muchas formas de sufrimiento
además del sufrimiento físico, psicológico
y moral. Hay la dificultad, la fatiga y a menudo la ansiedad que
va con el cumplimiento de nuestros deberes de estado, la monotonía
de las tareas diarias, los problemas de criar una familia, los del
ministerio sacerdotal y de otros ministerios y servicios.
La curación que Jesús desea realizar sobre todo es
la curación interna, la de la mente, del espíritu,
del alma. Hay tantas cosas en nuestras mentes, nuestros recuerdos,
nuestros
subconscientes, nuestra naturaleza débil, que son obstáculos
al amor de Dios en nuestras vidas. Éstas son las cosas que
Él desea ver desaparecer y sanar, de modo que Su amor pueda
predominar siempre en nuestro fuero interno. Y éstas son
en efecto las curaciones que ocurren más a menudo.
Las promesas encontradas en la Escritura y mencionadas arriba se
reclaman con fe y se cumplen hoy con frecuencia siempre creciente.
Sabemos de esto. Hemos oído de ello y lo hemos observado
personalmente. Dios nos ama mucho más de lo que podemos imaginar.
No nos está descuidando. Somos nosotros los que estamos fallando
al no creer en Su amor y al no reclamar en fe Sus amantes promesas.
Los que se adelantan en fe y piden, esperando recibir nunca dudando,
están descubriendo que Dios nos ama entrañablemente
y vierte Su amor con prodigalidad. Están descubriendo lo
que San Pablo y todos los santos han descubierto, que Jesús
es de veras “Aquél cuyo poder obra ahora en nosotros
y puede hacer que abundemos más de lo que pedimos o pensamos.”
(Efesios, 3:20)
Este poder del Cristo resucitado suele desplegarse en nosotros especialmente
en la santa Comunión. Es entonces cuando debemos pedir a
Jesús la curación interior, y no solamente la interior.
No debemos vacilar en pedirle que cure también nuestras dolencias
físicas o corporales. No es más difícil para
Él hacer lo uno o lo otro, o aún ambos al mismo tiempo.
Pero es generalmente mejor pedir una cosa a la vez. No obstante,
no pongáis límites a Su amor por vosotros ni a Su
poder. Pedid todo que necesitáis. Tened presente que las
curas son generalmente lentas y graduales y suelen tomar tiempo.
Nuestra fe y nuestra virtud se perfeccionan en la paciencia y la
perseverancia.
Pero no paséis por alto ni descuidéis al amigo divino
que permanece con nosotros, de noche y de día, en nuestros
tabernáculos. Es el mismo Cristo resucitado al que recibimos
en la santa Comunión. Su poder puede franquear la puerta
del tabernáculo y alcanzarnos en el reclinatorio de la iglesia
tan fácilmente como en la Comunión. No debemos contentarnos
con una vigilia eucarística mensual. Si tuviéramos
fe viva, “visitaríamos al santo sacramento con frecuencia,”
como nos pidió Nuestra Señora en su primer mensaje
en Garabandal.
Recordad lo que Conchita dijo: “la Virgen bendita nos dijo
que es mayor gracia recibir a Jesús en Comunión que
verla a ella.” |